Home / Política / A 50 años del terrorismo de Estado

A 50 años del terrorismo de Estado

Construir memorias sobre el terrorismo de Estado es un exigencia legal y ética para labrar una identidad común sensible y humana que nos aleje del temor y la miseria.

¿Por qué recordar? ¿Para qué seguir insistiendo con actos, marchas, efemérides y conmemoraciones de un pasado doloroso si podemos seguir para adelante sin mirar atrás? ¿No será mejor olvidarlo todo y vivir sin esas memorias tristes? Dejarnos llevar por el eterno presente narcisista y placentero al que nos “invitan” las pantallas azucaradas de los celulares inteligentes en las que cada deseo siempre encuentra su efímera satisfacción a la espera del próximo.

Antes del 24 de marzo de 1976, la Argentina ya había sufrido cinco golpes de Estado e incluso se habían desarrollado violencias estatales que hoy podríamos nombrarlas como terrorismo de Estado como, por ejemplo, el accionar de la organización parapolicial llamada “triple A”. Pero algo trágicamente particular sucedió con el advenimiento de la dictadura cívico militar del ’76 que motiva a algunos autores y marcos legales a nombrar a ese período como terrorismo de Estado.

Una característica central fue la presencia de una actividad permanente y paralela de los aparatos represivos del Estado en una doble faz de actuación: una pública y sometida a las leyes de la legalidad autoritaria formal y otra oculta (clandestina), que, organizada de manera centralizada pero ejecutada con descentralización operativa a través de más de 800 centros clandestinos de detención (CCD) se utilizó para la eliminación de los adversarios políticos y atemorizar a la población a través del uso de los recursos estatales.

El accionar clandestino, como comprobó el informe de la CONADEP en 1984 y al año siguiente el juicio a las Juntas Militares, se basó en la desaparición forzada de personas bajo la secuencia típica de 1) identificación de la víctima mediante inteligencia 2) secuestro 3) reclusión y tortura en los CCD y 4) Liberación, legalización, asesinato o ejecución clandestina con desaparición del cadáver. La secuencia tuvo prácticas asociadas y constitutivas como la apropiación de niños, el robo de bienes y la negación sistemática de información a los familiares.

Asimismo, el terror estatal utilizó la intencionada ambigüedad de la noción del “combate a la subversión” que alentaba a la delación como único camino para escapar de ella y que, unida a la represión ilegal descripta, tuvo el claro propósito de romper los lazos sociales solidarios, cooperativos, sindicales, de lucha y reclamo por la ampliación de derechos y de participación política, para reemplazarlos por otros afines al proyecto económico neoliberal que se implementó.

En términos económicos, como mencionamos en una nota en este mismo espacio, a fuerza de desregulaciones y apertura económica, ataques al Estado y a los sindicatos, liberalización de los flujos de capitales, reforma financiera, tablita cambiaria, especulación y endeudamiento, entre otras, la dictadura cívico militar dejó un país que, a la vuelta de la democracia, era más pobre, más desigual, con una caída estrepitosa de los salarios reales (a costa del enriquecimiento de la élite agro-financiera), con 400% de inflación y con una deuda externa que por primera vez (y ya nunca dejará de serlo) condicionará a todos los gobiernos siguientes.

El “individuo aterrado” que la dictadura edificó no era solo el que temía al poder de la violencia estatal bajo la pregunta ¿y si el próximo soy yo?, sino también lo fue (y lo es) aquel que se fue construyendo al calor de la invasión de productos importados, el dólar barato, el ataque discursivo a lo público y lo colectivo, las bajas tasas de interés y la bicicleta financiera.

Al mismo tiempo que los salarios caían y la desocupación crecía, se alimentaba el consumismo y el endeudamiento personal. El individuo aterrado también será aquel que solo puede realizarse en el acto de consumo, egoísta, lejos de sus semejantes y endeudado.

La memoria

Más allá de lo dicho hasta aquí, podría seguir vigente la búsqueda de las razones de las memorias, ¿por qué debemos recordar? Las personas y los pueblos son lo que recuerdan. Como destaca Michael Pollak, existe una relación estrecha entre memoria e identidad, en el plano individual como en el colectivo, porque es imposible una búsqueda identitaria sin un ejercicio de memoria y porque todo trabajo de memoria está sostenido en un sentimiento de identidad.

La memoria mantiene la cohesión interna de los grupos, delinea marcos de referencia relativamente estables dentro de los cuales las personas evocan el pasado desde las preocupaciones del presente, y seleccionan algunos recuerdos y desechan otros en función de intereses, motivaciones y proyectos comunes.

El genocidio nazi no llegó de un día para el otro. En 1933, años antes de que llegara el exterminio sistemático y en masa, hubo en Berlín arrestos masivos de “vagabundos y mendigos” y se abrieron campos de concentración a la vista de todos donde se recluían a opositores e indeseables (ladronzuelos, inmigrantes ilegales, personas sin hogar…) que gozaron de amplio consenso. No pudo verse lo que estaba por venir.

En los líquidos tiempos actuales, llenos de presente eterno sin vínculo con el pasado, negacionismos y discursos de odio, tal vez sea importante anclar nuestra identidad en algunos sólidos que las naciones del mundo han construido.

La declaración universal de los Derechos Humanos de 1948 que en nuestro país tiene jerarquía constitucional desde 1994 afirma que “el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad” y que es necesario construir “mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades” y “un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”.

A 50 años del inicio de la dictadura cívico militar, construir memorias sobre el terrorismo de Estado, es un exigencia legal y ética para labrar una identidad común sensible y humana que nos aleje del temor y la miseria y permita, a todas y todos, sin exclusiones, gozar de la libertad.

Fuente: Pagina 12

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *