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Captura de Maduro: Chevron lo supo antes que el Congreso


Por H. Lenz y J. Sersale
Mientras la administración Trump mantenía al Congreso en un vacío informativo, la petrolera fue informada de la captura de Maduro.


El 3 de enero de 2026, el mundo despertó con una noticia que parecía sacada de un ‘thriller’ de espionaje: la «Delta Force» estadounidense capturaba a Nicolás Maduro en una operación relámpago. La fallida mediación de Recep Tayyip Erdoan -desmentida por Ankara como suele suceder cuando actores globales fracasan en sus objetivos- precipitó el desenlace. La ventana de vulnerabilidad abierta durante las negociaciones de exilio fue aprovechada para monitorear con precisión los movimientos del entorno de Maduro antes de ejecutar la captura.

El rápido colapso del chavismo no solo ridiculizó décadas de retórica antiimperialista. La voluntad de combate de los altos mandos de la FANB se evaporó al ritmo del cese de sus ingresos extralegales, confirmando que la lealtad militar no era un compromiso ideológico con el régimen, sino un contrato transaccional que expiró en el preciso instante en que Washington logró estrangular los flujos de efectivo que alimentaban la obediencia del desmesurado número que compone el generalato. Sin un solo tiro en defensa de un régimen vaciado de legitimidad, Venezuela amanece bajo una nueva soberanía: la de la seguridad energética estadounidense.

La desarticulación del régimen venezolano fue la liquidación física de un activo largamente depreciado. Ha sido el resultado de una maniobra de «pinza geopolítica» ejecutada con precisión durante todo 2025. Por un lado, el Secretario de Estado Marco Rubio operó una «interdicción selectiva». El objetivo: asfixiar al régimen mediante una cuarentena petrolera diseñada para impedir que el crudo financiara la influencia de China o Rusia en el hemisferio.

Simultáneamente, desde el Tesoro, Scott Bessent convirtió a la petrolera Chevron en un «caballo de Troya» financiero. Bajo su arquitectura de sanciones, la petrolera estadounidense extraía crudo para cobrar deudas pasadas, vaciando las arcas venezolanas y negando al Estado el acceso a divisas frescas. Mientras el régimen se desmoronaba por dentro, Washington lo reclasificaba legalmente como una «empresa criminal transnacional», convirtiendo cada vínculo o contrato con Caracas en un delito internacional perseguido desde Washington. El Tesoro asfixiaba, la secretaría de Estado aislaba y el Pentágono se alistaba.

Los sucesos de enero no constituyen un «acto de liberación democrática», sino una intervención de «embargo estratégico» ejecutada por el Pentágono para liquidar la influencia de potencias enemigas que utilizaban el territorio venezolano como plataforma de amenaza para los Estados Unidos. La intervención sobre Caracas buscaba asegurar el control exclusivo del espacio geopolítico de seguridad de los Estados Unidos y asegurar los recursos venezolanos en favor de una coalición de acreedores y corporaciones occidentales.

El «Insider Trading» de la guerra

Chevron lo sabía. El Congreso de los Estados Unidos no. Efectivamente, mientras el «Gang of 8» era deliberadamente mantenido en la más absoluta oscuridad, los ejecutivos de las compañías petroleras y los grandes fondos de inversión operaban con información privilegiada. Desplazamientos logísticos, movimientos de personal de último minuto y documentos ante la SEC revelan que Chevron tenía conocimiento de la inminencia de «cambios súbitos en el control gubernamental». Un mes antes del asalto, el propio Donald Trump instó a los ejecutivos a «prepararse» para recuperar el control de activos estratégicos en Venezuela. El domingo 4 de enero, a bordo del Air Force One, el mandatario lo confirmó sin rodeos: «Hablé con ellos antes y después«.

Para los hedge funds y bancos de inversión, la tragedia venezolana fue un «evento financiero programado». Durante todo 2025, estos «arquitectos financieros» acumularon bonos de deuda a precios de liquidación, entendiendo que el riesgo político era, en realidad, un ‘activo arbitrable’. Cuando la Delta Force ejecutó la captura, la ganancia ya se había cobrado en las terminales de Nueva York. La operación no fue solo un éxito táctico, fue el cierre de una posición financiera masiva: en la doctrina Trump, el despliegue de tropas es el ‘insider trading’ definitivo.

El caso venezolano ilustra un cambio fascinante y de final abierto en la política hemisférica: la soberanía ya no solo reside en el reconocimiento de fronteras territoriales o en el cumplimiento de tratados internacionales. Las naciones del hemisferio del Corolario Trump se enfrentan a una situación compleja, en la que la soberanía sobre sus territorios se parecerá cada vez más a una «licencia de operación» otorgada por Washington a cambio de alineamiento geopolítico pleno.

Trump en la cumbre con los petroleros en la Casa Blanca.

La Venezuela de Delcy Rodríguez se debate en un interregno de debilidad calculada. Vigilada de cerca desde Washington, cada uno de sus movimientos, cada barril de petróleo y cada centavo serán minuciosamente auditados. El mensaje para el mundo es claro: en la era de la «transaccionalidad extrema», la política exterior ya no implica acuerdos sino ‘hechos consumados’, que deciden en tiempo real sobre territorios, recursos y flujos financieros.

El caso venezolano es el acta de nacimiento de un nuevo orden global. La primacía geopolítica en el hemisferio se sostiene en la convergencia táctica entre operadores políticos, arquitectos financieros y corporaciones de bandera. Capaz de transformar la apertura forzada de mercados estratégicos en rentas extraordinarias, esta alianza revela una mutación profunda del sistema: bajo el barniz de la libertad de mercado, Washington ha adoptado la misma lógica transaccional y extractiva que define a los gobiernos de Moscú y Beijing. Bienvenidos al siglo de la soberanía estatal – corporativa. 

Fuente: LPO

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