Liberar Ormuz, después de todo, es el quid de la negociación. El acuerdo provisional se firmará electrónicamente en las próximas horas, señaló el primer ministro de Pakistán, mientras se escribían estas líneas.
Habemus acuerdo, dicen Trump, Irán y el principal mediador, Pakistán. Después de 37 afirmaciones del presidente acerca de la inminencia de un “deal”, contabilizadas desde el 23 de marzo, esta vez es diferente. Existe un texto acordado, dicen todas las partes de la negociación. Israel, que no es parte, pero sí fue víctima de once misiles iraníes el fin de semana pasado, no tomó represalias el lunes 8. Donde manda Trump, no manda Netanyahu. Y así acabó la guerra de las 12 horas entre Irán e Israel. Con ese mojón se abrió paso el proceso de paz. Israel no está conforme, pero no lo va boicotear. El jueves se definió el memorándum de entendimiento. ¿Qué le faltó? La aprobación del líder supremo, Mojtaba Jamenei, de quien no se tienen claras señales de vida, pero se espera su bendición. Irán hizo notar aquí que la suya es la última palabra. Liberar Ormuz, después de todo, es el quid de la negociación. El acuerdo provisional se firmará electrónicamente en las próximas horas, señaló el primer ministro de Pakistán, mientras se escribían estas líneas. Todavía es una promesa.
Existe un texto acordado, pero hay dos versiones del mismo según quien la difunda. En todo caso, es lógico ya que son dos victorias distintas. Se verá su calibre relativo cuando se disipe la niebla de la guerra. Lo importante es que, en todos los relatos, Irán renuncia a poseer un arma nuclear (como afirmó siempre y no se le creyó nunca) y se aviene a rehabilitar con rapidez el tránsito comercial por el estrecho de Ormuz. EEUU, a su vez, levanta el bloqueo naval a los puertos iraníes. Bastó con ello para que la caída del precio de los combustibles se profundice. El crudo Brent se hundió por debajo del umbral de los 90 dólares, su piso en los últimos tres meses. El precio spot, que rige para el barril de pronta entrega, supo cargar con una prima de hasta 50 dólares antes de la tregua de abril. Hoy converge con el del primer contrato futuro. El mensaje es clarísimo: ya hemos visto lo peor. La disrupción más grande en la historia de los mercados de energía, la Agencia Internacional de Energía (IEA) dixit, no pasó de un sobresalto económico de medianas proporciones, una convulsión menor que la que provocó Rusia al invadir Ucrania en 2022 cuando la producción afectada por el cuello de botella de Ormuz –no solo petróleo y gas sino derivados, urea, helio, aluminio y un largo etcétera -es varias veces superior.
Las compañías petroleras advirtieron a la Casa Blanca de lo que se venía si no se resolvía el problema. En el cortísimo plazo, por culpa de la merma de los inventarios, el barril de Brent se podía disparar a un rango entre 120 y 130 dólares. Los modelos que usan estas firmas predecían que, de no reabrirse Ormuz antes de fin de junio, los inventarios caerían a un nivel de estrés operativo compatible con cotizaciones entre 150 y 160 dólares. El timing del acuerdo tuvo en cuenta, antes que nada, el riesgo de chocar contra este acantilado en julio. El cuento de la buena pipa que Trump narró 37 veces – el del fin inminente de la guerra –contuvo la crisis de nervios mientras se consumía el petróleo en tránsito y los inventarios acumulados. Pero esa historia inocua tocaba pronto a su fin. Urgía despejar Ormuz. Irán habrá perdido la guerra, pero ahí ganó la negociación.
El jueves comenzó el Mundial de Fútbol que organiza EEUU junto con México y Canadá. Y se desplegará bajo el paraguas de esta paz que debió apresurarse para llegar a tiempo. Trump fue abucheado en el Madison Square Garden cuando asistió a un partido por la definición de la NBA. No pisó todavía ningún estadio de futbol. Cuando lo haga, el precio de la gasolina habrá bajado por lo menos medio dólar el galón desde los máximos de mayo.

Difícilmente le ahorre los silbidos. Pero el jueves también se cerró la colocación de SpaceX en la Bolsa, la oferta pública inicial (IPO) de acciones más grande de la historia por amplio margen (75 mil millones de dólares, el triple del récord de Saudi Aramco en 2019). Y el viernes echó a rodar en el Nasdaq, bajo el manto prometido del arreglo de paz. Elon Musk sabrá reconocer el gesto. El papel se movió en las antípodas de los abucheos, a pesar de su valuación exuberante. Sumó en el debut un avance adicional de 19% en un cielo despejado de drones y vientos de guerra.
La Bolsa, en marzo, corrigió con el estallido de la guerra. En abril, retomó la furia del bull market. Anticipó primero la tregua. Y después que la economía no perdería su pujanza. Nunca tuvo la sospecha de una recesión. Y sobre la crisis de la energía, siempre apostó a que el percance sería tan grande, que se evitaría por esa misma razón. Trump iba a conceder. Lo que fuera, pero alcanzaría una solución política a tiempo. Dicho y hecho. Y sin embargo la Bolsa acusó fuerte el impacto, el viernes 4, cuando supo que EEUU había creado 172 mil puestos netos de trabajo el mes pasado. Su caída prosiguió hasta el miércoles inclusive. Las buenas noticias eran demasiado buenas. Una economía tan firme, y la inflación interanual en 4,2%, pusieron sobre la mesa la amenaza de una suba de tasas de interés a modo de contención. En Europa, Christina Lagarde la ejecutó tal como se esperaba. Y, en esa encrucijada, Wall Street, jueves y viernes, recobró la fortaleza con las señales de un acuerdo en ciernes. No es que no creyera en él. Ya se dijo: lo vio antes que nadie. Pero el timing de su concreción no podía ser más oportuno.

La Fed se reunirá martes y miércoles. Es otro estreno, el de la conducción de Kevin Warsh. La inflación es la prioridad. A su modo, con el acuerdo de paz, Trump le envía un centro, en el momento preciso, para que lo cabecee sin despeinarse. La descompresión de la energía es el dato saliente para una Fed data dependiente. Los precios se desbocaron. No hay dudas. Pero la inflación núcleo – la que excluye alimentos y energía – moderó su ascenso (+0,2%) y se comportó mejor que lo esperado. Inclusive, los precios de los bienes de la canasta núcleo se redujeron en mayo. Es un vaso medio lleno que, con la merma ya producida en la energía y la que podría sobrevenir – debería menguar. En ese marco, el de un shock temporario en vías de revertirse, el alza de tasas puede esperar. Y Warsh, de brazos cruzados, podrá quedar bien con Dios y con el diablo. A fin de julio, en la reunión siguiente, deberá afinar mejor la puntería. Pero la paz en Irán le servirá para debutar en paz al mando de la Fed. Que no es poco.
El general Trump le arruinó los planes al presidente Trump, se dijo aquí en marzo. El presidente retoma ahora su vieja agenda de gobierno. Tiene una elección por delante en noviembre. Necesita apaciguar Medio Oriente. Y, sobre todo, el frente interno. El auge de la Bolsa y la inteligencia artificial (IA) ayudan a la economía, pero no derraman optimismo sobre los votantes. La IA produce angustia entre los jóvenes que ingresan al mercado laboral. En cambio, que la inflación y las tasas de interés aflojen – y reviva el empleo – es un bálsamo que se agradece. La población quiere que el presidente se ocupe de la carestía de la vida cotidiana y no gaste el dinero en guerras en el extranjero, como prometió en campaña. Dejar atrás Irán, le quitará una distracción. Cuba, el tren de Aragua… No debería sumar otras. La confianza del consumidor se hundió como nunca. No se deprimió tanto ni siquiera en tiempos del Covid o de recesión. Sus expectativas cayeron a plomo. No importa lo que diga la realidad. Esa es la guerra más dañina. Y le urge a Trump recuperar rápido el terreno.
Fuente: Ámbito Financiero







