La batalla que libró este jubilado para denunciar a la obra social más grande de la Argentina y de la región por la discontinuidad en su tratamiento oncológico se dio a conocer en todo el país. La cadena de injusticias incluyó la crisis económica que lo dejó sin trabajo y una solidaridad de la población que la burocracia de Mercado Pago le trabó en sus últimos días.
Hay testimonios que dejan de ser la trayectoria individual de una persona para convertirse en voces de toda una época. La voz de Gabriel Garcia Varde se convirtió en una llama que no se apagará.
Una llama que buena parte de la población pudo conocer en sus últimos momentos y que dejó la enseñanza de que nunca hay que bajar los brazos. Ni siquiera cuando, objetivamente, todo parecía perdido.
Don Gabriel fue vendedor de autos, empleado gastronómico, atendió kioscos. Lo de Gabriel toda la vida fue atender al público, pero los números para una jubilación digna no alcanzaban.
El día que se cruzaron los caminos de este periodista y ese jubilado que cobraba, como decía Gabriel, “la recontra mínima”, el señor no tenia pruritos de contarle a los pasajeros del subte de la Línea A la acuciante situación económica que atravesaba, y les pedía su colaboración para poder imprimir curriculums. Él quería un trabajo.
Una trabajadora del ministerio de Economía le dijo que pasara por su oficina, que ella se los imprimiría sin cobrarle nada. “Cuando salgas, veni para nuestro estudio que te hacemos una entrevista, si vos queres”, planteó este redactor. “Ahí estaré”, fue la respuesta.
Pablo Esquivel, cuestionó con dureza al Gobierno tras el fallecimiento del jubilado con cáncer que denunció la falta de cobertura del PAMI. “No es un ahorro de fondos para proteger el superávit fiscal. Estamos hablando de gente de carne y hueso que se muere todos los días”, expresó. Además, lanzó una fuerte crítica contra Javier Milei: “Tener un discurso centrado en pisotear cabezas para decir ‘conmigo las cosas van a estar mejor’, cuando la vida cotidiana empeora, es ser un verdadero hijo de puta”. Y concluyó: “El Estado solo se acuerda de los jubilados cuando hay que cagarlos a palos los miércoles”. Gabriel vivía en una pensión pequeña del barrio de Once, pero con sus casi 70 décadas bajo el lomo no tenía pruritos en ir a buscar trabajo en lugares tan alejados como Lomas de Zamora, Benavidez o Tigre: “Cuando uno se vuelve viejo es encima más difícil, porque te repiten que ya sos una persona inútil”.
“El último kiosco que atendí se fundió y cerró sus puertas. Ya no están más los carteles de afuera de los comercios en los que se pide personal. Y además en este último tiempo que atendía en el kiosco, cada 3 o 4 minutos venía alguien a pedirme comida”, resumía.
La otra lucha, la más dura, era contra su enfermedad. Contra el cáncer de próstata. Don Gabriel al mismo tiempo batallaba contra el abandono del PAMI. “No están entregando los medicamentos, los laboratorios no entregan porque PAMI les debe mucha plata”, sintetizaba en su primera visita al programa Deslomados por DIAGONALES STREAM.
“Llamo a los laboratorios que me indica el PAMI para reclamar, y me contestan que ese número al que llamo no corresponde a un abonado en servicio”.
Ese 29 de abril que Gabriel llegó al estudio estaba al límite: tenía fecha de nueva quimioterapia en 11 días y llegaba con lo justo con la medicación que le dieron en el Hospital Durand.
Docotaxel por vía intravenosa, y Leuprolide, un medicamento hormonal inyectable, eran parte de su vocabulario habitual, pero escaseaban a la hora de su aplicación. Todo se había complicado aún más en los últimos seis meses. El cáncer le había hecho un tumor en el esófago, y había bajado casi 30 kilos.
La burocracia, la falta de respuestas ya se hacía insoportable. Gabriel llegó a contar que en una dependencia del PAMI, ante la respuesta negativa a sus pedidos para autorización para la primera quimioterapia, amenazó con quitarse la vida con una tijera, hasta que revisaron su pedido y se lo aceptaron.
“La sociedad nos abandonó, nos dejaron solos”, sostuvo entre lágrimas aquella primera visita al estudio. “La gente está cansada. Cuando yo cuento mi historia en el subte, hasta la gente que apoya a Milei me aplaude. Quizás así Dios los empiece a perdonar”, afirmaba.
Pero la solidaridad, a partir de la difusión de ese primer relato, comenzó a llegar. Con ese dinero que le donaron pudo comprarse una procesadora de alimentos para comer, ya que solo podía ingerir comida líquida. Pudo adelantar el alquiler de su pensión y hasta comprar los alimentos que desde el Hospital Durand le indicaban.
Incluso lo contactaron desde PAMI para avisarle que podía ir a buscar su medicación que desde enero estaba siendo negada. Hasta le pedían disculpas, y le decían que todo se había debido a un contratiempo del laboratorio
“Esta entrevista me está cambiando la vida. Hubo mucha gente que me transfirió dinero, y estoy agradecido. Pero no olvides que lo que yo necesito es un trabajo. Si sabes de algo, chiflá, por favor”.
Y esa oportunidad laboral llegó. Lo habían contactado de un kiosco que estaba en Beccar, en el partido de San Isidro. Ante la pregunta de este periodista sobre si le convenía hacer ese viaje desde Once seis veces a la semana para trabajar ocho horas, de 8 a 16, y ganar 600.000 pesos, la respuesta era concisa: “Mi mente puede estar ocupada en otras cosas, eso no tiene precio”.
Veinte días después, Gabriel se volvió a contactar. El negocio del kiosco iba mal porque el consumo seguía cayendo. Pero ni siquiera podía ir hasta Beccar y tuvo que dejar de trabajar.
Su salud había empeorado notoriamente tras una nueva quimioterapia que deterioró fuertemente su estado de salud, con un shock alérgico, fiebre y una infección renal. No podía salir de la cama.
A pesar de que le habían recetado Dexametasona, un potente corticosteroide sintético con fuertes propiedades antiinflamatorias e inmunosupresoras, le dieron Meprednisona, droga que no coincidía con su receta pero que se conseguía a un menor costo. Otra vez, el fantasma del abandono y la desidia.
Y nuevamente Gabriel vino al estudio. Esta vez un 22 de julio. Había bajado más de 10 kilos, y ya pesaba 43 kilos. No podía casi caminar y había que ayudarlo para desplazarse. No se movía de ningún lado sin su botella de agua mineral y su bebida de electrolitos para hidratación acelerada. Sus brazos estaban más flacos que nunca y su piel estaba escamosa.
La semana previa se había presentado en el Hospital Duran, en el área de gastroenterología y le habían hecho una videoendoscopía alta. Le metieron un caño por la boca sin sedación porque no había insumos en el nosocomio.
Le informaron que se había cerrado el esfínter que estaba entre el estómago y el esófago. Le habían indicado una medicación que el PAMI, el 15 de julio, le rechazó. “Decían que mi medica no había agregado mi historia clínica, y eso era mentira”, sostenía Gabriel.
“La angustia vuelve todos los días, se me está por vencer el alquiler y si no pago me van a sacar”, planteó este jubilado que tiene una hija con discapacidad. “Me estoy muriendo de a poco”, se sinceró.
Su última aparición mediática se volvió viral rápidamente y la historia de Gabriel se propagó por las redes sociales. PAMI volvió a contactarlo, pero ya había perdido la paciencia: “Les dije que eran unos estafadores en la cara, que no me llamaran más, y que les iba a hacer juicio”, confiaba Gabriel.
Nuevamente la solidaridad de miles de personas se hizo notar y Gabriel pudo llegar a separar el dinero adeudado del alquiler. El alias que se había puesto para su cuenta de Mercado Pago sintetizaba su bronca. Se había puesto “Andaca”. “Ustedes completen la frase”, decía socarronamente
“Ya tengo dos meses pagos del hotel. Por favor que no me donen más plata. La juntada fue impresionante de verdad. Estoy muy mal de salud, pero ahora recontra bien de plata”.
Se había podido armar una pieza más confortable para poder descansar, pero ya no podía salir de la cama. Había contraído paperas, y tenía la cara hinchada. “Ojalá puedas venir a conocer donde vivo”, decía en uno de sus últimos audios.
La cuenta de Mercado Pago de Gabriel fue trabada por la enorme cantidad de transacciones en pocas horas. Comenzaron los reclamos contra la billetera digital de Marcos Galperin, que le había impuesto un plazo de 72 horas para revisar las procedencias de los movimientos.
Pero Gabriel no podía esperar. Un trabajador de la propia empresa tomó por su cuenta el caso de este jubilado y en menos de ese plazo pudieron acelerar los trámites. Nunca llegó a verlo.
“Hola, ¿cómo estás? Soy la hija de Gabriel. Él falleció anoche”, informaba su familia hace una semana. Señalaron que no hizo velatorio: “Se cumplió su deseo de una despedida intima”.
La historia de Gabriel ya no le pertenece solo a él. Cuando los libros de Historia desarrollen el capítulo del gobierno de La Libertad Avanza y de la motosierra del Estado, el apartado de la salud publica y los jubilados tendrá un espacio preponderante. El periodo en el que la cosa pública volvió a arremeter contra las personas mayores, pero esta vez con una furia inédita.
Gabriel, como lo había hecho Norma Plá en la década menemista de los ’90, había podido dar a conocer su caso, que ahora ya le pertenecía al pueblo argentino.
Se volvió la cara visible del abandono y de la omnipotencia de los grandes empresarios ganadores del modelo “libertario”. Se había vuelto la voz de los adultos mayores que miércoles a miércoles son reprimidos ante la indiferencia generalizada.
Quizás, sin saberlo, hasta había ganado la batalla.
Fuente: Diagonales







