En lo que hasta hace cinco meses era el comedor del Frigorífico Euro, en Villa Gobernador Gálvez, hoy corren una nena y un nene que no superan los cuatro años. Juegan a las escondidas debajo de mesas metálicas blancas de patas altas. Son las mismas mesas que por la noche se convertirán en camas, cuando sean cubiertas con pedazos de telgopor y un juego de sábanas. Así descansan algunos de los 140 trabajadores de la fábrica que dejó de funcionar a fines de octubre del año pasado. Ocuparon el lugar, primero, en busca de mantener la fuente de trabajo, pero después como un techo porque ya no pudieron pagar el alquiler. Pasaron 132 días y hay quince familias viviendo en lo que una década atrás supo ser una empresa de 900 empleados.
“Al principio, a la nena le costaba vivir acá pero ahora ya se hizo amiga de los hijos de otros compañeros y eso, para mí, es un alivio”, cuenta Fabiana Carabajal, una de las despedidas. Tiene 41 años y hacía 20 que trabajaba en el frigorífico, en el sector de menudencias. Su hija Antonella, de 11, camina en silencio por el comedor con la ropa de la escuela. “Es difícil porque no tenemos la comodidad de nuestra casa y se complica hacer la tarea. A los chicos les calentamos el agua con la pava para que se bañen”, cuenta. Fabiana se fue a vivir a la fábrica en noviembre, cuando dejó de pagar el alquiler de su casa porque ya no tenía sueldo. Hoy, su habitación es una de las oficinas que están en la entrada del lugar y la cama es un colchón que está sobre un escritorio. “Es difícil porque toda mi vida trabajé para mis hijos, no les hacía falta nada, y de un día para otro tuve que empezar a decirles que no”, agrega.

Las oficinas ahora son dormitorios. (Sebastián Granata/Sebastián Granata)
En otra de las oficinas duerme la nieta de Fabiana, Isabella, que tiene 4 años y es hija de Claudio, que también era operario. Isabella juega con Brian, hijo de otro de los trabajadores. Corretea por los pasillos y vuelve cerca de su mamá, Lucía Gómez, que sale por las mañanas a trabajar a una pescadería y vuelve 12 horas después. “Las deudas ya pasaron a segundo plano, antes estábamos preocupados para ver cómo pagábamos, pero ahora lo importante es conseguir el plato de comida”, cuenta. Ellos también se quedaron sin casa y recurrieron al frigorífico que está en el Sur de la provincia de Santa Fe.
Para el resto de las mujeres que viven ahí Fabiana es “la mamá luchona”, primero lo dicen en broma, pero después se ponen serias y lo reafirman: es la que insiste en quedarse, la que organiza, la que aconseja, la que enseña a cocinar las tortas asadas. Para sostener el día a día, los hombres lavan autos y las mujeres hacen tortas fritas y asadas, además de rosquitas (tienen un fondo de lucha al que se puede aportar al alias euro-2026). También tienen changas aparte, lo que salga. Hay quienes manejan Uber, limpian casas, cortan pasto o cuidan a personas enfermas. Una comunidad en la que la crianza también se comparte, cuando las mujeres salen a trabajar por las mañanas, los hombres se quedan a cargo de los chicos. O viceversa.

Mantienen todo cuidado esperando que se reactive la producción. (Sebastián Granata/Sebastián Granata)
Un sector golpeado
Si bien la toma del frigorífico comenzó en noviembre, la debacle se inició mucho antes. Cuando los dueños, Guillermo y Nicolás Salimeni –que se quedaron con la empresa después de compartir la dirección con sus dueños originales, el Grupo Lecchio–, comenzaron a reducir la planta a través de retiros voluntarios que los trabajadores consideraban irrisorios. En 2025, hubo tandas de despidos y de los casi 400 empleados que había en 2024, habían quedado 150. “Yo creo que estaban especulando con la reforma laboral para reabrir la empresa con las mismas personas pero sin antigüedad y con otras condiciones”, dice Walter Navarro, delegado paritario del Sindicato de la Carne.
El 31 de octubre del 2025, los dueños dijeron que paralizarían la producción por 15 días debido a la situación económica. Días después, los trabajadores tomaron la planta al ver que se estaban llevando máquinas y que no estaban pagando los sueldos.
Actualmente hay conversaciones entre los Salimeni, el sindicato, el intendente de Villa Gobernador Gálvez, Alberto Ricci–que viene del socialismo–, e inversores que están interesados en alquilar el lugar y continuar con la producción. Se trata del Grupo Baires Natural Casing, de Jorge Darco, y otro socio local. “Aparentemente, habría una respuesta, estamos esperando que los dueños le den el ok. Estamos con expectativas de que salga todo bien”, dice Walter Navarro. Esa es la esperanza de los trabajadores, que se retome la producción y que los ruidos de las máquinas retumben por el lugar.
Se trata de un sector que sufrió muchos cimbronazos en los últimos días a raíz de las políticas económicas de Javier Milei. En la primera semana de febrero, el histórico frigorífico General Pico, que producía las hamburguesas Paty, desvinculó a 194 trabajadores en medio de una crisis financiera profunda. La semana pasada, el frigorífico Ganadera San Roque cerró su planta en Morón y dejó sin empleo a 140 trabajadores a raíz de la caída del consumo interno y el crecimiento de las importaciones. Hay otros casos de suspensiones o despidos como en Devesa, en Azul, que redujo en casi cien empleados su plantel o del frigorífico Anselmo, en Tres Arroyos. También en Pérez Millán, partido de Ramallo, donde el martes pasado ArreBeef redujo su actividad y dejó sin tareas a unos 400 trabajadores. Los datos del sector muestran cifras negativas desde la llegada de La Libertad Avanza, la faena nacional alcanzó en febrero 924.000 cabezas, lo que representa una caída del 9 por ciento con respecto a enero y del 11 por ciento frente al mismo mes del año pasado.
El bicicletero
Walter Navarro tiene 23 años de antigüedad en la empresa y explica la historia desde los inicios del frigorífico en 2003 con una sola imagen: la del bicicletero. “Cuando abrió, todos veníamos en bicicleta. Vos veías que estaba lleno, pero a raíz del trabajo nos fuimos comprando, primero, una motito y, después, un autito usado. Entre el 2009 y 2011 llegamos a ser 850 personas. Ahí, el bicicletero quedó vacío”, recuerda sobre los años de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner.

Ángel Ortíz en el cocina improvisada. (Sebastián Granata/Sebastián Granata)
Ángel Ortíz trabajó en el frigorífico durante 36 años, tiene 62 y estaba muy cerca de jubilarse. “Había tres turnos antes, trabajábamos casi las 24 horas”, recuerda.
Él sigue viviendo en su casa, pero se acerca cada día a las 7 de la mañana después de llevar a su hija a la escuela. “Decí que me ayuda la mayor y mi yerno sino no tengo nada, ni para comer”, cuenta. “Voy a la casa de ellos a comer con mi hija. Con la edad que tengo no consigo nada. Yo ya me tendría que haber jubilado, pero como la empresa no me categorizó como insalubre sigo acá”, agrega. Lleva un rosario marrón debajo de la remera, es devoto del Gauchito Gil y confía en que lo va a ayudar con el trabajo y con su hija de 14 años, que tiene un tumor en la cara y que desde hace tres años espera para poder operarse.
Falsas promesas
En Villa Gobernador Gálvez, Javier Milei consiguió el 53 por ciento de los votos en las elecciones presidenciales de 2023. Muchos de los trabajadores que hoy están en la calle lo votaron, algunos de ellos lo consideran responsable de la situación que están atravesando, pero hay otros que no. “La mayoría de los compañeros votaron a este gobierno, creyeron en la mentira de que iban a cobrar en dólares, que esto iba a para mejor”, dice Hugo Carril, tiene 44 años, es delegado y hace 21 que trabaja en Euro. Y describe una situación difícil de explicar a sus ojos: “Hay un 50 por ciento que te dice que están arrepentidos, que habían votado otra cosa, pero hay otro 50 por ciento que sigue pensando que esto va mejorar. Sinceramente, yo no veo ninguna mejora”.
Hugo tiene dos hijos y vive con su mujer, que trabaja en una fábrica, ahora ella es el sostén del hogar. Dice que hicieron cambios: ya no salen a comer, no van al club, ni hacen compras en el mayorista porque la plata dura unos días. “Uno compara situaciones y esto es un reflejo de lo que se vino en el 2015 con Macri, que no pudo meter la reforma laboral. Esto es lo mismo, pero más profundo. En los últimos tres años, mi hijo de 21 estuvo trabajando y solo consiguió por temporada, lo contratan solo tres meses y lo echan. Estuvo dos meses como Uber y ahora consiguió un trabajo temporal”, explica.
El índice del helado
“Hace semanas que no como helado”, dice Kevin, tiene 12 años y recorre la fábrica con una camiseta celeste con la inscripción del Sindicato de la Carne y una gorra negra de los Chicago Bulls. Es hincha de Newells y acompaña a su papá, Ricardo Herreras, desde enero del año pasado cuando comenzaron las movilizaciones por despidos e irregularidades. Estuvo en cada una de las marchas y recuerda con exactitud el día en que decidieron ocupar el frigorífico: era jueves y él salía de la escuela, esa noche durmió arriba de un freezer, pero solamente una hora porque le resultaba muy incómodo y solo tenía una sábana para taparse. “Lo que me cuesta es no tener plata para comprar algo. Eso extraño. Antes salíamos a comer o a tomar un helado. Extraño ir a tomar helado”, dice Kevin, que en unas horas se irá a la escuela.
Kevin se siente orgulloso de “estar desde el primer día” porque ese frigorífico para él es algo más que una fábrica, es el lugar donde trabajaron su abuelo, su papá y su tío. Es el lugar en el que sueña estar cuando sea grande. Dice que, a veces, se cansa, pero que cuando todo termine va a extrañar a los amigos que se hizo ahí.

Kevin sentado sobre uno de los colchones de telgopor. (Sebastián Granata/Sebastián Granata)
Ricardo Herreras es el papá de Kevin y hace 18 años que trabaja en el lugar. Toda la familia se fue a vivir al frigorífico, también su esposa, Mariana, y su hija, Luna, cuyo novio es operario del frigorífico. Para Ricardo, “el trabajo es lo que saca adelante a la familia”. “Mi papá, Francisco, nos crió con esta empresa y yo lo hice con la mía”, cuenta. “Muchos compañeros dicen que no vienen porque la familia los ayuda, pero nosotros ¿a quién le vamos a pedir? Si toda nuestra familia está acá”, relata. Como pasa en varias de las 22.000 empresas que cerraron en los dos años de gobierno libertario, la fábrica es más que un lugar de trabajo, es parte de la identidad. Hay familias, barrios, pueblos que se constituyeron en torno a ese núcleo productivo.
Las mujeres
Luna Herreras tiene 20 años y se fue a vivir a la planta para acompañar a Ricardo y a su novio, Brain Fierro. “Si las mujeres y los hijos no estuviéramos acompañando, ellos ya no estarían acá. Imaginate, estar tantos días sin saber nada de tu familia, verla o tomar unos mates”, dice. Hay noches de charlas largas, donde el llanto es compartido. “Yo veo a mi papá y a mi pareja con un nudo en la garganta y creo que estar acá es una ayuda. Si sufrimos, sufrimos todos”, completa.
“Te duele la espalda a veces”, afirma Mariana Ibañez. Es la mamá de Luna y Kevin y la esposa de Ricardo. La mayor parte de su vida dedicó su tiempo a la crianza de los hijos, “yo estaba siempre”, pero ahora comenzó a trabajar porque ya no tienen ingresos, cuida a una persona mayor y cuando termina se va para el edificio de la calle San Diego al 1900. “Si nosotras no estuviéramos acompañándolos emocionalmente, no sé si habrían llegado hasta este momento. Hay veces que a ellos les agarra sus locuras de querer irse. Costó y cuesta estar pensando en positivo”, dice.

Luna Herreras acompaña a su papá y a su novio. (Sebastián Granata/Sebastián Granata)
Nadie se quiere ir porque quieren cobrar los sueldos, pero sobre todo recuperar el trabajo. Es por eso que cuidan las instalaciones con sumo cuidado, cada día hacen recorridas nocturnas por los alrededores de la planta para evitar robos. Se dividen en grupos que se mantienen despiertos para cuidar el lugar y que todo se mantenga tal cual estaba así puede reactivar la producción. Una de las oficinas está reservada para guardar los objetos que se recuperan después de algún robo en las afueras del edificio.
Cuidado compartido
En lo que antes era la recepción ahora duermen tres familias. Son las ocho de la noche y Ailen Altamirano está descansando. Trabaja en una empresa de limpieza y todos los días se levanta a las 5 de la mañana para viajar hasta Rosario, a 10 kilómetros de Villa Gobernador Gálvez. Limpia durante 8 horas y vuelve a las 4 de la tarde para el frigorífico. Tiene 25 años y es la pareja Alexis Pereyra, que tenía 5 años de antigüedad en Euro. “No es fácil pagar las cuentas con un solo sueldo, no llego a 800.000 pesos. No podíamos pagar el alquiler que estaba a 500.000”, explica.
Mariana Ibañez es la pareja de Brian Ávalos y viven ahí con su hijo Lian, de 3 años. “Quiere estar en su casa”, dice Mariana mientras mira al nene. “Pero decidí venir para acompañar a mi marido porque era injusto”. Ella hace changas de limpieza y trabajos de manicura, él de Uber. “Es difícil vivir así, me genera dolor”, alcanza a decir Mariana antes de largarse a llorar. “Hablo de mi hijo y no puedo”, dice y el resto de las mujeres que están en el comedor comienzan a hacer chistes o comentarios para descomprimir la situación. “Acá nos cuidamos todas, nos protegemos”, remarca.

El sector de producción quedó igual. (Sebastián Granata/Sebastián Granata)
No hace calor, pero los ventiladores están prendidos para ahuyentar a los mosquitos. “El compartir un mate te lleva a todo. Es para viboré, para reírnos de algún chisme, para ver qué pasó el fin de semana, para saber quién pichuleó”, dice Lucía Gómez, que inventa palabras y se ríe a carcajadas junto a las otras mujeres. Dice que extraña ir a bailar chamamé los domingos a La Carpa o al Club Peñarol, aunque advierte: “Cuando esto se arregle, ya les dije a todos que vamos a ir a chamamecear”.
Siglos atrás y para reflejar una desdicha amorosa, la escritora inglesa Jane Austen lanzó: “Soy mitad agonía, mitad esperanza”. Una frase que bien podría aplicarse en este frigorífico del barrio Coronel Aguirre, en el límite Sur de Rosario, donde 15 familias conviven desde hace 132 días en una espera que, a veces, resulta interminable. Pero que también esconde una esperanza: un trabajo, un sueldo para pagar el alquiler, una cama cómoda, un chamamé, un helado.
Fuente: Pagina 12







