Tras el tiroteo en una escuela de la localidad de San Cristóbal, se registraron amenazas de masacres escolares en decenas de colegios de todo el país. ¿Qué hay detrás del fenómeno? A continuación, un aporte a la discusión sobre una subcultura en redes sociales que llegó a la Argentina y parece extenderse.
El 30 de marzo de 2026 un adolescente de 15 años, a quien se conoce con las siglas G.C., entró a la escuela normal Mariano Moreno de San Cristóbal, Santa Fe, con una escopeta calibre 12/70 y un cinturón de municiones escondidos en su mochila. En lugar de ir a su aula, el chico fue al baño de varones, donde ensambló el arma e inmediatamente comenzó a disparar. En total recargó el arma dos veces y efectuó cuatro disparos; los dos primeros impactaron y mataron a Ian Cabrera, un estudiante de 13 años, el resto hirió a otros 8 compañeros. Lejos de detenerse, G.C. estaba por volver a cargar el arma cuando un portero del establecimiento se abalanzó sobre él, le quitó la escopeta de las manos y evitó una masacre aún mayor.
El hecho conmocionó a todo el país y dejó al pequeño pueblo santafesino sumido en un inmenso dolor. Las primeras hipótesis hablaban de situaciones de bullying y posibles problemas familiares, pero la investigación judicial rápidamente tomó otro rumbo y reveló un trasfondo aún más alarmante que deja al descubierto que lejos de tratarse de un hecho aislado se trata de un fenómeno transnacional que llegó al país y que parece extenderse con una inusitada rapidez.
Días después del tiroteo, la Justicia detuvo a un segundo joven de apenas 16 años que estaría vinculado con el hecho y lo imputó como partícipe secundario de los delitos de homicidio agravado por el uso de arma de fuego y doble tentativa de homicidio también agravado. Por esa misma fecha, efectivos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires realizaron un allanamiento en un domicilio de un estudiante de La Matanza, tras recibir denuncias de amenazas de un tiroteo escolar, y en los dispositivos electrónicos del adolescente encontraron un grupo de mensajería en el que compartía conversaciones e imágenes de extrema violencia con G.C. y otros jóvenes del país, incluso del exterior.
Ahora la fiscalía y los tribunales de San Cristóbal creen que el tiroteo en la escuela Mariano Moreno está vinculado a una subcultura digital llamada True Crime Community (TCC), que no solo comparte el interés por hechos de extrema violencia y masacres escolares, sino que las promueve y las planifica, cooptando a jóvenes de distintas partes del mundo a través de redes sociales.
UN FENÓMENO EN EXPANSIÓN
Después del tiroteo en San Cristóbal, se repitieron amenazas de masacres escolares a lo largo y ancho del país. Uno de los episodios tal vez más graves se vivió el viernes pasado en La Plata cuando un adolescente de 14 años entró al colegio Nuestra Señora de Luján, ubicado en calle 59 entre 3 y 4, con dos armas: una de aire comprimido y una réplica de una pistola 9mm. Ese mismo día, casi al mismo momento, la Policía allanaba la casa de otro adolescente de 14 años de la localidad de Lisandro Olmos, también en la capital bonaerense, luego de que el chico publicara una imagen en redes sociales en la que sostenía dos escopetas, una pistola en la cintura y un chaleco antibalas colgado en la pared y un perturbador mensaje: “Mis armas. Los espero mañana”.
Lejos de ser casos aislados, en La Plata se registraron amenazas de tiroteos en más de once establecimientos educativos y lo mismo sucedió en escuelas de al menos otros 17 municipios bonaerenses. Además, en la última semana se reportaron casos similares en Córdoba, Tucumán, Mendoza, Neuquén, Río Negro, Tierra del Fuego, Corrientes, Entre Ríos, Jujuy, Chubut y CABA.
En la mayoría de los casos, se repitió la misma modalidad: un mensaje anónimo escrito en cartulinas o en los espejos de los baños de varones, que advertía sobre un futuro tiroteo en el establecimiento.

Si bien en cada uno de los casos las comunidades educativas, los investigadores y la Justicia intentan determinar quién o quiénes fueron los autores de las amenazas, las responsabilidades y la veracidad de las advertencias, la principal hipótesis es que se trata de un “desafío” viral de redes sociales.
Lejos de ser otro “challenge” más se sospecha y se investiga si esta ola de amenazas de masacres escolares está relacionada con la ideología True Crime Community. Hace exactamente una semana, el ministro de Seguridad bonaerense, Javier Alonso, alertaba sobre la expansión de esta subcultura en redes sociales y explicaba que “es una ideología descentralizada, pero que es transnacional”.
En una conferencia de prensa en la Gobernación, el funcionario de Axel Kicillof compartió un informe realizado por el Ministerio Público Fiscal de la Nación, a través de la Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT), en el que de detalla el funcionamiento de esta comunidad digital y su expansión en la Argentina.
TRUE CRIME COMMUNITY
La repetición de casos en diferentes puntos del país derivó en un trabajo de investigación, relevamiento y estudio por parte de la Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT), que detectó a abril de 2026 la existencia de un total de 7 expedientes judiciales en trámite en Argentina vinculados a episodios y amenazas de tiroteos escolares cuyas características presentan altos grados de similitud con el fenómeno mundial que se conoce como ideología True Crime Community.
Se trata de una subcultura digital radicalizada que siente una inmensa curiosidad y fascinación por los perpetradores de homicidios masivos y ataques indiscriminados a civiles con armas de fuego al punto que busca promover y, en algunos casos, hasta emular estos hechos. Estas comunidades operan de forma descentralizada principalmente mediante la circulación de simbología, narrativas y referencias relacionadas a ataques masivos de violencia extrema, en especial aquellos en establecimientos escolares.
La SAIT detalla que en estos casos “el elemento aglutinador no reside en un programa político ni en una ideología específica sino en una serie de prácticas que ensalzan la violencia como un fin en sí mismo”, que incluyen la identificación y la idotralización de los agresores, “la estetización de la violencia” y una reinterpretación de crímenes famosos que centra su atención en los victimarios para representarlos como figuras admirables.
Estas comunidades transnacionales comparten material audiovisual de ataques masivos con una estética que busca hacer atractiva la violencia extrema y en determinados casos alrededor del mundo -no todos-, estos procesos han derivado en la planificación o ejecución de nuevos actos violentos inspirados en anteriores.
Los especialistas inscriben el fenómeno TCC dentro de lo que se conoce como Extremismo Violento Nihilista, una forma de terrorismo digital que no posee una idelogía política clara ni religión. En cambio, glorifica el caos y la destrucción, comparte un odio generalizado por la sociedad y busca manipular y radicalizar jóvenes en línea.
En el caso particular de la subcultura TCC, los integrantes de la comunidad coinciden en que la violencia de los ataques masivos es admirable y fascinante; que el perpetrador es una figura trágica, icónica y/o heroica; y que la notoriedad pública es un bien deseable. Además, en esta suerte de tribus digitales la repetición de los ataques tiene un alto valor simbólico y sirven a la retroalimentación dado que ante cada nuevo ataque, la comunidad comienza a producir contenido sobre él y se convierte así en un hito que otros jóvenes buscan imitar. “De ese modo, la TCC se vuelve un fenómeno auto-sostenible”, asegura el informe de la SAIT.
ETAPAS Y NIVELES DE COMPROMISO
Aunque los estudios al respecto son recientes, los especialistas advierten ciertas características comunes entre quienes participan o integran la comunidad TCC y señalan que la mayoría son adolescentes o adultos muy jóvenes, de entre 13 y 20 años aproximadamente. “En muchos casos se observan antecedentes de aislamiento social, experiencias de victimización o dificultades notorias para integrarse en su medio y es frecuente ver patrones de consumo cada vez más intensivo de contenido digital”, describe el documento producido por el Ministerio Público Fiscal de la Nación.
De todas maneras, un estudio publicado en el CTC Sentinel de West Point señala que no todos los integrantes de estas comunidades digitales poseen el mismo grado de compromiso y que existen distintos niveles de participación.
El primer espacio de difusión de material y conversaciones asociadas a la subcultura del True Crime Community son las redes y plataformas de uso masivo. En esta instancia suelen circular documentales, compilaciones audiovisuales, análisis de crímenes o tiroteos famosos que se presentan como material informativo y que funcionan como vectores de exposición inicial.
Cabe aclarar que en esta etapa, las motivaciones suelen estar ligadas a la curiosidad, el entretenimiento o algún tipo de interés en la investigación criminal que en sí mismo normalmente no implica ningún grado de radicalización.
Sin embargo, en el segundo nivel ya se evidencia una admiración hacia los perpetradores de los crímenes, se comparten sus manifiestos y se difunden videos de violencia más extrema y explícita con una estética que busca ser atractiva para viralizarse.
“Estos grupos se caracterizan por la circulación de simbología, de narrativa, de referencias compartidas, todas ellas vinculadas a una violencia extrema que en particular busca idolatrar a los perpetradores de homicidios o de tiroteos en establecimientos escolares. Hay un un culto que se viene haciendo de esta cuestión, que empieza por redes sociales más abiertas y, a medida que avanza los jóvenes empiezan a involucrase cada vez más”, detalló Alonso.

La siguiente etapa ya da paso a las subcomunidades radicalizadas en chats privados y grupos de mensajería en plataformas como Discord o Telegram. Allí el material que se intercambia es extremadamente violento, los ataques son abiertamente celebrados y los participantes se incentivan e incluso presionan entre sí para cometer otros atentados similares.
Finalmente, una pequeña minoría llega al último nivel donde efectivamente se busca pasar a la acción, se planifican los ataques y hay una intención concreta de dejar una huella en la comunidad.
En el caso de San Cristóbal, en los dispositivos electrónicos de Gino C. se hallaron chats de Discord en los que él y otros jóvenes de la localidad, la provincia, el país y el exterior compartían material sobre la masacre de Columbine; el tiroteo perpetrado en abril de 1999 por Eric Harris y Dylan Klebold, que dejó 13 muertos en una escuela secundaria en el estado de Colorado. Además, en los allanamientos en la casa del joven santafesino de 15 años la Policía halló prendas con imágenes y leyendas alusivas a la masacre escolar de Columbine.
UN ANTECEDENTE RECIENTE EN ARGENTINA QUE PASÓ DESAPERCIBIDO
Para los analistas, la masacre de Columbine ocurrida en Estados Unidos se transformó en un “hito fundacional” para la llamada ideología TCC. A partir de ese tiroteo escolar, comenzaron a proliferar espacios virtuales dedicados al análisis objetivo del ataque y el perfil de los agresores, pero al mismo tiempo ciertos usuarios comenzaron a producir y compartir narrativas que reinterpretaban a los agresores como figuras incomprendidas y mártires de una sociedad que los excluía.
Con la expansión de las comunicaciones y el advenimiento de las redes sociales, estas comunidades fueron evolucionando hacia formas más complejas y radicalizadas de interacción que permitieron la amplificación de este tipo de discursos, la incorporación de nuevos participantes y su expansión a distintos países.
Salvo por el caso de Junior en Carmen de Patagones, el joven de 15 años que en 2004 asesinó a tres compañeros de su escuela, en Argentina los tiroteos escolares parecían ser un fenómeno que ocurría solo en otros países o en películas estadounidenses. Sin embargo, el caso de San Cristóbal y las recientes amenazas en cientos de establecimientos educativos del país hicieron que toda la comunidad educativa del país, la justicia, autoridades gubernamentales y la sociedad en su conjunto empezaran a mirar más de cerca un fenómeno que ya echó raíces en Argentina.
A finales de noviembre del año pasado, diferentes dependencias de la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad Nacional de Tres de Febrero y la Universidad Católica Argentina recibieron mails con amenazas explícitas de “una masacre al estilo nortemericano”, acompañadas con imágenes de armas de guerra y una mensaje que prometía “matar a la mayor cantidad de gente posible”.
Las unidades académicas denunciaron el hecho y varias facultades decidieron suspender las clases por 24 horas mientras se investigaba la veracidad de las amenazas. El hecho no pasó a mayores e inmediatamente se asoció al accionar de una persona o grupo envalentonado por la coyuntura política de ajuste y ataques verbales por parte del Gobierno a las universidades públicas. Y aunque es cierto que el contexto no es casualidad, el autor de las amenazas se identificó a sí mismo como militante del grupo neonazi 764, una comunidad digital de Estados Unidos que busca cooptar adolescentes a través de plataformas como Discord, para promover el comportamiento sexual y violento.
Si bien en ese momento, los investigadores señalaron que el grupo 764 no tenía presencia en Argentina y que todo indicaba que se trataba del accionar de una persona que quería sumar puntos para integrarla, la realidad es que el hecho fue una primera alarma sobre el funcionamiento de subculturas digitales que incita a los jóvenes a la violencia y que claramente ha desembarcado en el país.
UNA POBLACIÓN CADA VEZ MÁS VULNERABLE
Si bien la subcultura TCC crea comunidades transnacionales con presencia en distintas partes del mundo es cierto que el contexto político, social y económico que atraviesa la Argentina hace que muchos jóvenes hoy estén más expuestos y vulnerables a este tipo de grupos.
En una coyuntura donde la violencia verbal se ejerce desde las más altas esferas del Gobierno nacional, se minimizan los ataques a determinados grupos sociales, se naturaliza la violencia desplegada cada miércoles sobre jubilados, se promueve la desregularización de armas y se relativiza la gravedad de las violaciones a los Derechos Humanos, no debería ser una sorpresa el aumento de los episodios y discursos violentos en ningún ámbito.
Al mismo tiempo, la pérdida de puestos de trabajo y del poder adquisitivo de las familias, el endeudamiento creciente de los hogares, la dificultad para llegar a fin de mes crea un clima de tensión social que se traslada al interior de cada vivienda.
Todo este clima se exacerba en las redes sociales, donde usuarios escondidos detrás de una pantalla multiplican los discursos de odio, atacan al que piensa distinto y replican mensajes cargados de violencia. En la actualidad, adultos, jóvenes y niños pasan mucho tiempo en línea y en plataformas digitales, pero para los adolescentes el deseo de pertenecer, de contar con la aprobación y el reconocimiento de pares, es el mismo dentro y fuera de la red.
“Lo que hoy cambia es la plataforma. Hoy el reconocimiento se dan likes y las diversas formas de aprobación que reciben en las redes sociales. Esto explica por qué les cuesta tanto manejar sus tiempos de conexión y el miedo de estar perdiéndose algo si se desconectan”, advierte un informe de UNICEF sobre los principales peligros de las redes sociales entre los más jóvenes.
El artículo resaltar que en el entorno digital los adolescentes están expuestos a diferentes riesgos como ciberacoso, sobreexposición, recepción de contenido nocivo, adicción y uso excesivo de pantallas que en algunos casos puede derivar en comportamientos problemáticos, trastornos de salud mental, interferencia con el rendimiento escolar y hasta problemas para interactuar con otros por fuera de las redes.
En este escenario, cada vez son más los jóvenes que están expuestos y vulnerables a subculturas y comunidades digitales que promueven la violencia u otros comportamientos nocivos. Por eso, especialistas y autoridades advierten sobre la necesidad de prestar atención a la actividad digital de los jóvenes y la importancia de charlar con ellos sobre estos temas.
En la provincia de Buenos Aires, el ministro Javier Alonso explicó que actualmente están trabajando en conjunto con la Justicia provincial y federal, con el Ministerio de Seguridad de la Nación, el Ministerio Público Fiscal y la Dirección General de Cultura y Educación. “Queremos llevar tranquilidad a la población, estamos trabajando en el tema, recibimos las denuncias, investigamos cada una de ellas y nos parece muy importante visibilizar lo que está pasando pero sin alarmar”, enfatizó el funcionario.
“Muchas veces todos pensamos que nuestros hijos están en su habitación jugando, están tranquilos, y desconocemos lo que están haciendo en el ámbito digital. Es muy importante que hablen con sus hijos”, completó.
La realidad es que la mayoría de las amenazas recibidas durante los últimos días en diferentes escuelas de la provincia de Buenos Aires y el país están muy lejos de la acción, pero el fenómeno se mulitplica, las comunidades digitales proliferan y el tiroteo en San Cristobal demuestra que no es algo que deba minimizarse.
Fuente: Diagonales







