Padre Jean Bosco Nsengimana Mihigo,sacerdote ruandés y nacionalizado argentino, arraigado en las barriadas populares en La Matanza, reflexiona sobre su identidad, la presencia negra en la historia argentina y el papel de la Iglesia frente a la esclavitud. El pedido de perdón de León XIV, las deudas coloniales y los desafíos de construir una política de reparaciones históricas.
En exclusiva para Negrx, en el marco de la previa a la visita del Papa León XIV a la Argentina, hablamos con el padre Jean Bosco Nsengimana Mihigo. Sacerdote ruandés y nacionalizado argentino, arraigado en las barriadas populares en la capilla Virgen de Luján, en Villa Celina, diócesis de La Matanza y miembro del equipo de curas villeros, Bosco aporta una voz insoslayable para pensar las deudas de la Iglesia. El padre, perteneciente a la Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesus y María, reflexiona sobre la articulación de la fe y la negritud, el significado de la visita papal para las periferias, el alcance del pedido de perdón pontificio por la esclavitud en la encíclica Magnifica Humanitas y la urgencia de transitar un camino efectivo de reparaciones históricas.
Siendo un sacerdote africano arraigado en las barriadas populares de La Matanza y con reciente nacionalización argentina, ¿cómo se cruza tu propia historia de migración y negritud con los desafíos de construir una pastoral afro en un país que históricamente negó sus raíces negras?
Esta pregunta toca directamente mi historia con Argentina. Durante el genocidio de Ruanda, en 1994, conocí en Madrid a un misionero argentino de la congregación de los Sagrados Corazones, Mario, quien me propuso venir a Argentina. Finalmente, en 1997, mi superior general me envió a este país. Cuando llegué a la Universidad Católica Argentina (UCA), antes incluso de que pudiera hablar y de que alguien escuchara mi acento, la primera pregunta que me hicieron fue: “¿De dónde sos?”. Me sentí impactado. Pensé que algo no estaba bien. Por ser negro, me veían como extranjero. Ahí comencé a comprender esa extranjerización de los argentinos negros, esa idea de que todo lo que es negro viene de afuera.
A partir de entonces empecé a investigar sobre la presencia negra en Argentina. Descubrí una figura fundamental para comprender nuestra presencia en Argentina: el Negrito Manuel. Cuando empecé a estudiar su historia, comprendí que no solamente en África se había desarrollado una cultura negra, sino también aquí, en Argentina, donde un africano había dejado una huella profunda en la religiosidad popular. Hay algo que considero importante recuperar de su origen bantú y angoleño, una concepción del mundo que reconoce el lugar de las mujeres, de las madres, de nuestras hermanas y de lo femenino. Es una dimensión cultural que también forma parte de nuestra historia y que muchas veces queda relegada cuando se habla del Negrito Manuel. En ese camino me fui encontrando con distintas personas y organizaciones, con DIAFAR, con los Misioneros de Francisco, entre otros. Y te confieso algo, aquí en Argentina me sentí todavía más afro y más orgulloso de ser negro. Empecé a comprender la riqueza de nuestra identidad y a escribir sobre ella.
Siempre digo que, si la melanina fuera oro, si alguien hubiera descubierto que tiene un valor mayor que el oro, el diamante o el petróleo, seguramente nos la habrían robado. Pero esa es nuestra riqueza y tenemos que reconocerla. A todos los negros les digo que seamos fieles a nuestra identidad, sin olvidar que los demás son diferentes. Tenemos que combatir el racismo venga de donde venga, de una persona negra, blanca o de cualquier otro origen. El racismo es algo muy malo, que le hace daño a toda la humanidad. Me siento feliz de ser argentino, de ser negro y de compartir esta lucha con ustedes. Siento que somos hermanos y hermanas desde la creación de la humanidad, pero ese sentimiento es todavía más fuerte cuando me encuentro con una persona negra que está luchando por sus derechos. Ahí ponemos el pecho para seguir adelante.

El Padre Jean Bosco Nsengimana Mihigo en la puerta del comedor y merendero de la iglesia.
Ante la inminente visita del papa León XIV a la Argentina, ¿qué expectativas tenés sobre el mensaje que el pontífice puede dejarle a las comunidades populares y a las periferias del conurbano? ¿Cómo lo pensás desde tu experiencia como sacerdote inserto en esos territorios?
Cuando supimos que el Papa quería venir a América Latina, incluso antes de que se hiciera público, fui con un equipo de afrodescendientes a conversar con el nuncio. En esa reunión nos dijeron que el Papa tenía interés en visitar América Latina, que Perú ya había aceptado recibirlo y que Uruguay también estaba avanzando, pero que Argentina todavía no había realizado ningún gesto para invitarlo, ni desde la Presidencia ni desde la Conferencia Episcopal. El nuncio nos explicó que estaba haciendo gestiones para que esa invitación se concretara. A partir de ahí comenzamos a preparar un regalo para el Papa. Y ese regalo no es ningún secreto, es el Negrito Manuel. Las monjas carmelitas ya han trabajado sobre esta figura y nosotros también queremos llevarla a Luján. Porque sin Manuel no existe Luján. Sin Manuel no se comprende la historia de la Universidad Popular Mariana Argentina. Manuel es su fundador, su bisabuelo, una figura fundamental de esa historia. En cuanto a mis expectativas, hay varias cuestiones que me gustaría que el Papa pudiera abordar.
En primer lugar, me gustaría que hablara de la justicia social y que dejara claro que no es un robo ni una concesión, sino una obligación del Estado. La justicia social es necesaria y obligatoria. No podemos apartarnos de ese principio. En segundo lugar, teniendo en cuenta sus raíces familiares haitianas y afrodescendientes, me gustaría que retomara su encíclica Magnifica Humanitas, particularmente los apartados 170 a 176, para pedir perdón, en nombre de la Iglesia, a los negros de Argentina y de América Latina. La Iglesia no fue solamente madre y maestra, como tantas veces se dice. También fue una madrastra terrible con los negros, incluso una enemiga. Me gustaría que el Papa pudiera reconocerlo y expresarlo públicamente. En tercer lugar, me gustaría que se pronunciara sobre los extremos políticos y las divisiones que también atraviesan a la Iglesia. Considero que tanto las posiciones extremas de derecha como las de izquierda terminan fragmentando las instituciones y olvidando que la virtud está en el justo medio. La Iglesia no puede quedar atrapada en esas disputas y perder de vista su misión.
También me gusta que el Papa visite una cárcel y el Cottolengo. Son lugares y personas que muchas veces no tienen visibilidad ni peso político o electoral. La visita al Cottolengo será especialmente significativa en un momento en que las personas con discapacidad están viendo amenazadas las condiciones materiales que les permiten vivir.
Estamos preparando una carta para el Papa sobre estas cuestiones e invito a todos los afrodescendientes que quieran acompañarnos a firmarla. No se trata de que el Papa se convierta en un político, sino de que se pronuncie desde el Evangelio de Jesucristo y desde una opción preferencial por los pobres.
Y los pobres tienen nombre y apellido. No son conceptos ni ideas. Son los jubilados a quienes les recortan sus ingresos, las escuelas públicas que no pueden funcionar como deberían y las personas que viven con hambre. Escuché incluso a representantes del Estado decir que la gente no muere de hambre porque no se ven personas muertas en las calles. Pero la pregunta es otra: ¿Cómo está viviendo la gente? La respuesta es sencilla. Yo no soy economista, incluso me considero analfabeto en economía, pero sé lo que pasa en mi barrio. La gente vive pidiendo préstamos, solicitando dinero a sus vecinos a partir del día quince. Una persona pide mil pesos, otra cinco mil. La gente está viviendo por encima de sus posibilidades y acumulando deudas para poder sobrevivir.
Mencionas la encíclica Magnifica Humanitas, especialmente la responsabilidad histórica de la Iglesia y el pedido de perdón por la esclavitud. Teniendo en cuenta tu perspectiva teológica y tu mirada crítica sobre la historia occidental, ¿Cómo recibís este gesto y qué peso puede tener para sanar las deudas coloniales con Nuestra América y el mundo?
Lo que escribe el Papa recupera, en buena medida, las notas que nosotros enviamos cuando nos solicitaron aportes sobre este asunto. Él incorpora además una frase que, dentro de la teología y de la historia de la Iglesia, representa una verdadera bomba.
¿Por qué? Porque anteriormente, incluso durante el pontificado de Juan Pablo II, los pedidos de perdón se formulaban no en nombre de la Iglesia como institución, sino en nombre de los hijos de la Iglesia. Es decir, se sostenía que la Iglesia era santa, que no tenía pecado, y que habían sido algunos de sus hijos quienes habían cometido determinados errores. Ahora, en cambio, el Papa León XIV pide perdón en nombre de una estructura. Y eso significa reconocer que la Iglesia participó institucionalmente en la esclavitud. Desde las bulas papales que habilitaron la dominación y el sometimiento de los pueblos considerados paganos, especialmente los negros, hasta su participación directa en el sistema esclavista, hay una responsabilidad histórica que no puede ocultarse.
La Iglesia tuvo personas esclavizadas y muchas de sus construcciones se levantaron con la sangre y el trabajo de los negros. Numerosas catedrales y otras instituciones se construyeron con recursos provenientes de la esclavitud. Por eso considero que este reconocimiento abre una puerta muy importante. La Iglesia también debe formar parte de las instituciones que contribuyan a sanar esta herida. El Papa habla de una herida que sigue abierta, que continúa sangrando. Y para sanarla hacen falta reparaciones.
Volviendo a la encíclica, creo que el Papa ha abierto muchas puertas y ventanas. También es importante que haya relacionado la esclavitud histórica con las nuevas formas de esclavitud contemporánea, vinculadas con los algoritmos y las tecnologías. Sin embargo, considero que todavía tenemos que ampliar la discusión y recuperar otras historias de esclavitud que suelen quedar olvidadas, como la trata de africanos realizada por los árabes, que también tuvo una larga duración y produjo enormes sufrimientos. No sé por qué los negros hemos tenido que soportar tanto daño por parte de la humanidad. Pero creo que este reconocimiento del Papa es importante porque nos abre una posibilidad. Ahora nos corresponde a nosotros reclamar nuestros derechos y nuestra dignidad.

El Padre Jean Bosco Nsengimana Mihigo delante del mural de la parroquia. Nicolas_PARODI
¿Qué caminos concretos debería transitar la Iglesia católica para hacer efectivo un proceso real de reparaciones históricas, más allá de los gestos formales? Si tuvieras que señalar algunas medidas concretas, ¿cuáles serían?
Nosotros venimos trabajando estas cuestiones desde Afrosinodalidad, junto con compañeros y compañeras de Colombia, de Argentina y de otros países de América Latina. Hay tres puntos fundamentales. El primero es la visibilización de los afrodescendientes dentro de la propia estructura de la Iglesia. En América Latina necesitamos que exista un obispo encargado específicamente de la cuestión afro, no necesariamente al frente de una diócesis, sino con una responsabilidad regional para atender esta problemática.
El segundo punto es recuperar la memoria histórica en las propias iglesias. Tenemos que identificar aquellos lugares donde hubo presencia negra, donde los negros trabajaron, participaron y dejaron su huella. Pienso, por ejemplo, en la iglesia de los jesuitas en San Telmo, en el Convento Santo Domingo de Basílica Nuestra Señora del Rosario y otras, donde hubo personas negras que participaron de la vida religiosa y cultural de esos espacios. Tenemos que hacer memoria. Allí donde hubo negros, donde trabajaron y donde contribuyeron a construir esas instituciones, deben existir monumentos, placas y reconocimientos que permitan visibilizar esa historia. No podemos seguir ocultando nuestra presencia.
Y el tercer punto es la solidaridad. No alcanza con visibilizar nuestra historia si no somos capaces de construir una unidad entre nosotros. Tenemos que comprender que o nos salvamos todos o nos hundimos todos. La solidaridad entre los negros tiene que estar por encima de las diferencias, entre quienes creen y quienes no creen. Hay algo que nos une y es nuestra melanina. Hoy digo, incluso, que la melanina es nuestra religión.
Esos son los tres caminos que considero fundamentales: visibilización, memoria y solidaridad.
Fuente: Pagina 12







