Si la época también se mide por sus geografías, hay una que siempre asoma en la cima: desde su aristocrática Belle Époque hasta su fija como balneario pop-pular, pasando por la explosión de la hotelería sindical, las malarias y sus vaivenes, sus rabas y cornalitos, Mar del Plata se posiciona como una de esas ciudades inequívocamente indestructibles.
Pero definitivamente esta fábula tiene un “ahora”. Vamos, ahora: la estirpe de “clásico” actualizó su sistema operativo con una nueva camada de emprendedores que, entre el riesgo y la vanguardia, apuestan por la Costa Atlántica. Atrás queda el aire ochentoso —un perfume que gusta, ojo—, delante queda ganar. Mar del Plata necesitaba calibrar su brújula gastronómica, toquetear algunos comandos y mantener a sus popes socioculturales con vida. Larga vida a Heladería Italia, Chichilo y Montecatini. Pero bienvenidas también las nuevas camadas.
En esta guía de locales marplatenses, algunas coordenadas para subrayar el lugar de los mandamás culturales (la comiquería más longeva del país, el salón con arcades pionero y más chad del continente) y hacerle un lugarcito a todos los jóvenes que procesaron bien las mieles del sucundún, sucundún y el frío del mar, pero que necesitaban meterle un F5 a la cuestión. El sucundún es el de siempre, pero con el firmware actualizado.

ATC
Rawson 2025 / Av. Luro 2599
Para los más jóvenes: Argentina Televisora Color (abreviado popularmente como ATC) fue el nombre que recibió el canal público de televisión entre 1979 y 1999. Para todo el mundo: desde 2020, ATC es el café de especialidad marplatense que le rinde tributo a la cultura pop. “Es un viaje en el tiempo”, dice Iñaki, encargado del local, mientras ofrece un blend de Perú y Brasil y un cubanito de pistacho.
En sus dos locales, el vidrioso de Luro y el comodísimo de Rawson, ATC junta a un tendal de VHS, juguetes, links poperos y hasta una sala que homenajea a Norbert Degoas, el responsable de las “publicidades ambulancia” de espíritu costero que se popularizaron en Internet entre 2012 y 2013. “Viene público buscando un rico café, pero todo esto lo llena de nostalgia”, sigue Iñaki. Todo esto: una tele de tubo, unas tazas de Looney Tunes, unos VHS de Pokémon y Mortal Kombat y los pósters de Cocoon y La Historia sin Fin que pertenecieron al fallecido periodista (e híper capo) Rodrigo Sabio.
En los baños, la melodía de “Silhouette” de Kenny G, popularizada por el sello Gativideo, acompasa lo primero y lo segundo. Entre el público, millennials que hacen home office, sibaritas del café en busca de buenos perfiles y, sorprendentemente, mucho jubilado. ¿Por qué? “Porque a veces, cuando hay mal clima, le ganamos a la playa y viene todo el mundo”, se ensancha el encargado. En el menú, algunas referencias a los Titanes en el Ring, a Playmobil y los Tiny Toons.
Y, entre tanto wrap, desayuno con frutitas y lattes, una mala noticia: los más de 1000 títulos en VHS solo están de exhibición. No se venden. No se alquilan. El consuelo es que en las teles del local suelen girar las películas de Star Wars, Volver al Futuro y los clásicos de Disney. ¿Lo más alucinante de ATC? Está colgado en la pared del local de Luro y es el póster original de Lo que vendrá, un film argentino de ciencia ficción muy poco visto que tiene como protagonista a Charly García.

Eleven Club
Diagonal Pueyrredón 2970
Por acá anda una de las aperturas más pulentas de los últimos meses. Eleven Club, emplazado en el piso 11 de un edificio de Diagonal Pueyrredón, tiene un mirador ideal para disfrutar de un maridaje muy buscado esta temporada: sunsets y cócteles. Que se entienda bien: Eleven Club es un bar como los de Capital Federal, pero en Mar del Plata. “El centro de Mardel está menospreciado”, arremete Juan Roda, uno de los responsables de esta propuesta delicada que anda tras una conquista: disputarle el protagonismo chic a Güemes y Playa Grande.
“El nuestro es un camino de hormiga, no de explosión”, asegura Roda, mientras ofrece unos sanguchitos y explica con dedicación cada uno de los conceptos detrás de su menú. La carta de comidas dice “quedate”. Y la de tragos, “qué copado”. Los miércoles y viernes clavan sushi. Y la música tiene un marcado protagonismo. De hecho, la cabina de DJs se sitúa en el medio del salón y, cuando pinta, se corren las cortinas y pum: Eleven Club entroniza un espíritu 99% discotequero.
Algunos jóvenes beben traguitos y botellas previando antes de las fiestas electrónicas (la de esta fecha: Nick Warren). Y Roda, que conoce los gajes del oficio, que aprendió del mundo bartender sacando daiquiris frozen a rolete en vasos de plástico, no se sube a ningún pony: “Vamos a ser protagonistas en uno o dos años”. En la carta se divisan tragos con licor Frangélico, hongos adaptógenos y hasta bomboncitos Franui. “La experiencia que buscamos es que quieran volver”, confiesa.

Rayos y Centellas
Peatonal San Martín 2361 (Galería San Martín)
Para 1999, los pibes de todo el país se enteraban leyendo Revista Lazer y Comiqueando que en Mar del Plata había un evento como Fantabaires (o como todos los que llegarían después, Comic Con incluida), pero en la Costa Atlántica. Detrás de esa movida, había varias figuras importantes como Claudio Herrera, de la comiquería Rayos y Centellas, que por estos años lleva sobre sus espaldas más de 30 temporadas en la Galería San Martín. Todavía hoy, MDQulto, la movida en cuestión, sigue en la memoria de los nerdos vieja escuela.
Y a esta altura de la soirée, Rayos y Centellas se presenta en sociedad como una de las primeras comiquerías del país. Son demasiadas tardes de historietas, mangas, revistas de información y olor a sahumerio. Una constante: la buena onda de Claudio, su dueño, que atiende a todos con paciencia y dedicación. A su vez, por estos días, el movimiento es mayor al usual porque Herrera acaba de publicar Su plumín es un facón, un libro sobre Enrique Breccia. “Haber hecho este libro es algo muy especial”, le cuenta al NO.
Con tres años de laburo y un combo de material inédito, anécdotas, ilustraciones y entrevistas, el libro no pretende ser biográfico ni periodístico: “Es como si fuese la curaduría de una muestra, pero en un libro”, asoma Claudio. De pronto, varios niños preguntando por mangas de Naruto, un treintañero pispeando unos cómics de Tintín en oferta, una chica revolviendo la batea de material nacional e independiente —¡hay un montón!— y la voz de Claudio que dice: “No, merchandising no tenemos”. En algún momento vendieron Magic: The Gathering, Pokémon y Warhammer, pero siempre vuelve al papel. “La idea es que te sientas como en la biblioteca de tu casa.”

Fuji Café
Rawson 3279
El día que le dieron la llave para abrir su local, Sebastián Fernández estaba encarando un largo viaje a tierras niponas. “Ahora me voy de nuevo”, dice con ilusión, mientras ofrece unos taiyakis (un pastel japonés con una masa similar a la del waffle y una singular forma de pez) de pistacho y chocolate. Ya lleva casi un año de cafecitos y, entre bonsáis podados minuciosamente y una musiquita zen que invita al relajo, Fuji Café le rinde tributo al pico más alto (y definitivamente más pop) de Japón.
Fanático de Gundam, Evangelion y los mechas, Sebastián, que viene de otro palo y se metió de sopetón en el cosmos cafetero, decidió dejar de lado su ombligo y no llenar a Fuji con referencias de animé, pero sí apostó cada detalle a evocar a la cultural oriental. “A la gente le copó mucho lo japonés, amén de no exhibir mangas o animés. Acá vienen personas de todas las edades, incluso muchos jubilados”, señala.
En una de las paredes del local, un mural exquisito del ilustrador todoterreno Andrés Crego que Fernández le encomendó especialmente: “Hacé lo que quieras”, le dijo. Y Crego le entregó un monte Fuji híper instagrameable. Clic, foto: a redes. En la carta, matcha nacional e importado, cheesecake japonés (los fines de semana), sake en shot y algunas birritas japo. “También hacemos el mejor pollo frito de Mar del Plata”, promete. Desde los parlantes, playlists de city pop o melodías tranquilas: Fuji cumple con la idea romántica de tomarse un café y dedicarle un rato a leer el diario —ojalá en papel— o subrayar apuntes de la facultad en paz, como si se tratara de la materialización de la pibita de “lofi hip hop radio beats to relax/study to”.

Heladería Ibiza
Alvarado y Córdoba / Talcahuano 429 / Patagones y Strobel / Av. Jara 35
¿Por dónde se empieza a comer? ¿Por las patas, la cabeza o el culo? La fiebre disparada por los streams del CONICET en las profundidades marplatenses ungió a un nuevo ícono pop: la estrellita culona. En la temporada estival se la vio reemplazando a los lobos marinos del clima y convertida en heladito. Frutilla, americana, chocolate, crema del cielo, dulce de leche y americana con naranja son los gustos que ofrece Heladería Ibiza de esta versión de la estrellita, que se suma a la movida de aquellos lobitos helados que rompieron las redes en 2024.
“Son una novedad, por eso vienen los chicos y grandes”, asegura la amable Agustina, dueña de la heladería y encargada de soñar y llevar adelante estas propuestas gancheras. Desde sus cuatro locales, Ibiza mantiene la identidad doméstica (incluso fuera de temporada) y se erige como la propuesta “de barrio” en una plaza heladerísticamente competitiva como la marplatense. “Ni bien encontraron a la estrellita culona en el mar dijimos: ‘¡Es acá!?”, recuerda Agustina.
Y todo parece indicar que su próxima ocurrencia también andará rumbeando por la cuestión marítima, aunque pueden sorprender con alguna otra cosa. ¿El pato de Punta Mogotes? Tal vez, puede ser, veremos. Mientras, su estrellita aparece en una marea de stories de adolescentes bonaerenses e influencers porteños. Al mismo tiempo, los más grandes apuran un cuartito de pistacho, aprovechando que ahora se consigue. “Para el marplatense, Ibiza es la heladería de ‘la salida del colegio’”, cierra Agustina mientras señala que allí, a pasitos de este local, está la escuela Fray Mamerto Esquiú. “Después de cursar, vienen todos acá.”

Sardina Bar & Café
Falucho 3266
Los hermanos Martínez, Alexander y Maximiliano, parecen salidos de una historieta de Tintín. Y son los anfitriones de Sardina, uno de los bares más hot de Mar del Plata. Definamos “más hot” en un tuit: es el más mencionado entre la comunidad gastronómica y el que más recomiendan los gourmandises que la mueven. Gestado como un proyecto familiar, Sardina recicló hasta las tacitas y platitos del restaurante de su viejo y entroniza la idea de lo clásico y lo moderno.
Inspirado en la folletería turística de peajes, el diseño de la carta de Sardina convida guiños populares con rutas y recomendaciones (de colegas del palo).
Los jóvenes emprendedores, oriundos de Carmen de Areco, ofrecen una coctelería que reversiona los grandes clásicos: Mojito, Piña Colada, Penicillin, Negroni. “Desde chicos que venimos a Mar del Plata. Como bartenders veníamos al Tiki. Y después de vivir afuera, ya con la idea de abrir un bar, nos preguntamos dónde, y los recuerdos nos condicionaron. Acá todo es tranquilo, bien cerquita del mar”, justifica Alex.
El pan con tomatito y sardina, un 10. De hecho, la “sardina” de su nombre evoca a dos cuestiones: una, la más romántica, que “se mueve en cardumen”, un poco como ellos y su crew; la otra, que a principios de los ’70 se importaba desde España y Portugal, pero que en algún momento se descubrió que también aparecía por Mardel. Y que se ofrecía en La Rambla, con aceitito: pura mística y orgullo catastral.
En las paredes del local, la remera de Diego Armando Maradona de Boca Juniors ’81 firmada por el (10) y algunos prints de Pilar Dibujito y Morris del Patio del Liceo. ¿Su trago más pulenta? El Sardina Dry Martini, con gin, Lillet Blanc, vermut, eneldo y… sardina. “Lo clásico no pasa de moda”, se ensancha Maxi. En apenas dos meses, Sardina ya se enfila entre las propuestas más onderas de la Costa Atlántica.

Fichín Bar
Rawson 2019
No son tantos los bares que en Argentina tienen disponibles (y liberados) a una fila de Daytona USA para todos los que vayan a tomarse un traguito. La intención de Fichín Bar es llenarlo todo de símbolos pop, como los cócteles con links a My Little Pony, Jumanji, The Mandalorian y los caramelos Sugus. La carta evoca a Blockbuster y la “Mesa 23”, la más cotizada, homenajea a Michael Jordan con casacas, pósters, figuras de Space Jam y hasta un aro de básquet.
Para morfar: hamburguesas (blend de carne espectacular, rico pan, guarniciones generosas), sánguches, pizzas, ensaladas y hasta postres. Y de frente, el neón que embolsa un código neo-retro y dice: “Welcome to Fabulous Mar del Plata”. Desde los parlantes, “Young Hearts Run Free” de Candi Staton y “I Will Survive” de Gloria Gaynor, pero no le hacen asco a Kendrick Lamar ni a la música electrónica moderna. Por ahí, las luces y estruendos del Virtua Striker y el sudor que recorre las frentes de los que pegan saltitos en el Pump It Up: The OBG.
“Queremos descentralizar Buenos Aires. ¡Mar del Plata también existe!”, se planta firme Bautista, el carismático encargado del lugar. “Nos interesa sacar al público de la birra y el Fernet. No ofrecemos daiquiris ni tragos frozen. Tenemos un buen nivel de barra y buscamos modernizar la coctelería clásica”, continúa Bautista, ex bartender del Gran Bar Danzón y Million.
Para su aniversario, tocó Conociendo Rusia y rebalsó de gente. Además, suelen pasar por sus pantallas las finales de la NBA, armar torneos de Daytona USA (como los de Nivel X) e incluso exhibieron en vivo la final del Mundial de Qatar, que terminó con una nueva oferta en carta: La Tercera, “un trago con laurel, como símbolo de la gloria argentina”. Los viernes y sábados se pone más cachengue y nunca falta el personaje que se enrosca con un juego y no lo larga en toda la noche.

Cachito Bar de Vinos
Alvarado 2296
Sobre las decadentes ruinas de una vieja rockería, los hermanos Rivera hicieron magia: armaron un bar de vinos con una cavita de 700 botellas (indies y de las otras), platos sofisticados y una carta con espíritu Clase A pero con precios razonables. “La gastronomía de Mar del Plata venía con ciclos en los que se repetían algunas cosas. Nosotros tratamos de no hacer lo mismo”, se pone firme Cristhian Rivera, el socio creativo, de 31 años.
El core de su propuesta anida en los vinos y, según sus propias palabras, pretenden “representar al terroir argentino con proyectos pequeños” (Cristhian dixit). Su principal referencia a la hora de emprender fue Naranjo Bar, un barcito con tapas de Chacarita, y desde ahí buscan “poner en valor a las etiquetas jóvenes”.
Tras un viaje por España, en su cabeza aún se zarandean los ecos de la comida del País Vasco. Y aceleraron. En Cachito cuidan las verduras, preparan un arroz a leña trinchado en el momento y los comensales suelen cerrar su faena con una crema catalana con canela, un dorado de manteca, mermelada de pomelo y crema chantilly.
“El nombre ‘Cachito’ es por mi papá. A él le encantaba cocinar pescado a la parrilla”, cuenta el más chico de los Rivera. Su hermano, Lucas, de 36 años, que se encarga de la cocina y de parte del servicio, se anima a esgrimir una lectura del consumo coyuntural: “Es difícil sacar al público de la cerveza y el vermut. Por eso, no buscamos vinos pomposos. Queremos desmitificar el vino y que sean fáciles de tomar”.
Luz tenue, servicio eficiente, parejas que conversan en voz baja y vinos que transpiran esperando por nuevos brindis. “Somos muy responsables con lo que ofrecemos”, sigue Lucas, muy al tanto de las tendencias europeas y con una firmeza que, si sigue sosteniéndola un tiempo más, ya con 15 años gastronómicos sobre sus espaldas –unos 100 años en proporción a otro oficio cualquiera–, dará que hablar en las grandes ligas. Cachito, que abrió hace poco, ya es cosa seria.

Sacoa
Peatonal San Martín 2332
Criada entre plaquetas y estaño, Maia Mochkovsky, una de las propietarias de Sacoa, sabe que su vida entre videojuegos, arcades, garras, flippers y máquinas recreativas es especial. Continúa con el laburo de su viejo y todas las temporadas recibe miles de veraneantes que buscan llevarse un recuerdo entre adrenalínico y sensorial y revivir los ecos de una civilización de estirpe analógica.
Sacoa ya no es un antro ruidoso y oscuro: no y no. Atrás quedaron los metegoles y los pools. Ahora, el sonido publicitario se yergue a niveles tolerables y el local no comprime tanta contaminación visual, en aquel gesto que fue signo ochentoso. “Yo quiero que venga la familia”, afirma Maia ante el NO. De hecho, celebran cumpleañitos, aúnan a todo el piberío que a la tarde/noche transita cebado por la peatonal y hasta reciben a familias enteras que trafican el legado fichinero dándole a los flippers de Jurassic Park o Lethal Weapon 3. “Hacemos mucho hincapié en que Sacoa es para todas las edades”, insiste Maia. “Por eso decido no tener juegos como ese de boxeo que mide la fuerza”, completa.
Durante el año reciben turismo de fin de semana y oleadas de niños que caen a Marpla por los Juegos Bonaerenses y otras competencias deportivas. Matías, el encargado, dice que durante los días de playa el Sacoa “se pone a las 7 y 8 de la noche, y después de cenar”. ¿El hit? Los autitos chocadores, las experiencias de realidad virtual y el mítico Daytona USA. “¡No sabés el mantenimiento que llevan los autitos chocadores!”, desliza Matías, con 12 temporadas en su haber.
Los jueguitos de recompensa renuevan sus premios constantemente para estar a tono con las modas (2026 es de Pikachu y, también, de los Labubus, ese artefacto idolatrado por teenagers y por Rodri De Paul). Y con los tickets, los jugadores más hardcore pueden llevarse desde lapiceras para el cole hasta un GPS para el coche. “Nos gusta tener cosas que tengan salida y valga la pena ganar”, señala Maia.
“La gente sigue viniendo a Sacoa porque es un clásico. Saben que con algo se vuelven a su casa”, concluye Maia, entre risas, mientras divisa a una pareja que se agarra fuerte –fuerte– de los sacudones que da el Crazy Surf, conocido informalmente como La Ola, un juego de parque que desafía el vértigo y las náuseas.
Fuente: Pagina 12







